Nos dejamos llevar inevitablemente por el vórtice del fin del mundo, pero de un modo amplio. De los textos genéricos que pintan con alaridos la catástrofe, como los de Cioran o Caraco, pasando por el hastío finalmundista de Hakim Bey, los relatos de Jesús Pardo, István Örkeny o Santiago Davobe, hasta llegar a la concepción del fin del mundo como un proceso radical e individual de transformación interior. Para ilustrar esto último nos servimos de la reciente edición por Impedimenta de la celebrada «Caída y auge de Reginald Perrin», de David Nobbs. De su presentación del personaje como arriesgado explorador de nuevas identidades y de profundas transformaciones vitales que pasan incluso por fingir su propio suicidio para empezar de cero, pasamos a derivar por dos obras que nos han resonado ante semejante argumento, dos relatos anglosajones: «Nostalgia de casa», de Chesterton y «Wakefield», de Hawthorne, con sus inquietantes implicaciones… Con todo esto y algún poema húngaro, un fragmento del «Sermón del ser y no ser» de Agustín García Calvo y unas palabras de Alejandro Dolina, llegamos al final en espera del colapso de los tiempos. (Y Willy Uribe sigue en huelga de hambre)